Pasé unos días en Budapest (Hungría). Al bajarme del avión me
ocurrió algo que no me había pasado aún hasta la fecha. Esa sensación de
bienestar que se te produce cuando pisas “casa”. Un alivio de volver a mi
entorno. Me vienen las dudas. Estoy bien aquí. Aquí he cumplido un sueño que
rondaba por mi mente solo yo se desde hace cuándo y la tristeza que me producía
no poderlo tener y ahora me encuentro en que lo tengo y no quiero soltarlo.
Estoy en mitad de este proceso y no quiero que acabe aún. Saboreo cada segundo.
Hago lo que quiero. No me importa las consecuencias. Éste es mi momento. Pero
¿a cualquier precio? ¿Sacrificar todo? No sé, aún estoy en ése punto de saber
qué hago con mi vida. Reorganizo los cajones. Cajones que no se cierran por
exceso de cosas. Debería desprenderme de alguna de ellas. ¿Quizás aprender a
colocarlas mejor? Mamá siempre dijo que era un desastre con la casa. Lleva
razón. Necesito un par de cosas:
que me salgan ojos por dentro para conseguir verme, para comprenderme y que
vengas esta noche y me digas
qué es lo que tengo que hacer ahora.
Te preguntas por qué diciembre
te eligió a ti entre tanta gente
mientras te pintas los ojos para ver
si cambia el mundo.
Tiras las preguntas sobre la cama
como quien vacía un bolso en ella
y te viene a la cabeza el día en que
rompisteis
y se os atravesó el destino en la garganta.
Vuelves a los mismos pensamientos una y
otra vez
y vas haciendo tu lista de reproches
contra el mundo.
Te gustaría volver a una región sin
sobresaltos
pero la niñez es sólo una foto amarilla.
Poco a poco se va haciendo de noche,
la tarde lo va llenando todo de cuervos
y el destino no clava ningún mensaje en tu
contestador.
Le das alguna calada más al fracaso,
ese cigarro inacabable,
intentas esquivar las preguntas una y otra
vez,
como a un invitado
que no se da por aludido cuando acaba la
fiesta
y no quiere marcharse.
Buscas el interruptor para apagar tu cabeza
y hallas refugio en una serie tonta
americana.
Piensas en todo lo que le dirías
si le volvieras a tener enfrente
y te recolocas la tristeza en el pelo.
Sé que no pides consejo a nadie
porque corres el riesgo de que alguien te
diga la verdad.
Vives esperando un volantazo del destino
harta de echar de menos el cuerpo al que
renunciaste.
Entonces ignorabas que esto pasaría
y que echar de menos es renunciar al
presente.
El día pasará y la vida seguirá,
ganarán los mismos
perderán los de siempre,
y quizá, si eres paciente,
si dejas de correr –y te perdonas–
la vida deje de ser ese autobús
que se escapa justo cuando llegabas a la
parada.
[MARWAN-La
triste historia de tu cuerpo sobre el mío]
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