Cualquiera que me conociera diría que no paro de reír. Me encanta. Me gusta el efecto que produce, en mi y en los demás. No hay una sensación más excitante. No se en que momento de la historia aquello dejó de pasar. Empecé a estar constantemente nerviosa, preocupada. Casi no dormía ni probaba bocado. Ya no era una mujer feliz. Sufría. Buscaba algo en mi cabeza y me despreocupé del resto del cuerpo. Abandoné mi esencia. Suplicaba un gesto, una caricia, un abrazo sin darme cuenta de que el amor no se exige, se da. Enfermé.
No se en que momento de la historia todo aquello dejó de pasar. Empecé a estar más tranquila. Volví con los míos, con los de siempre. Aquellos que nunca se cansaron de mi, ni me abandonaron. Aquellos que me sorprenden y anteponen su persona a la mía. Aquellos que me han enseñado qué es querer, respetar y admirar.
Aprendí que los encantadores de serpientes se acaban conformando con limosnas, que nunca se ha de correr contra el viento y que si me das un poco de tu serenidad, yo te daré siempre mi locura a carcajadas.
A mi querido perro viejo
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